La huella de Roma
La toponimia local, con voces como Lezana, Irús, Leciñana o Antuñano, o los tres epígrafes hallados en las inmediaciones de Nava de Ordunte y datados en el s. III d.C, son testimonios que dan cuenta del alcance que tuvo el proceso de romanización incluso en aquellos territorios que por su compleja orografía o por la escasez de recursos minerales o agropecuarios, no ofrecían demasiado interés para el Imperio.

Existen en el valle otros vestigios “controvertidos” desde el punto de vista de su adscripción cronológica, nos referimos a la calzada empedrada que recorre la cuenca del Ordunte y a los puentes vinculados a esta vía de comunicación. La tesis tradicional ha mantenido el origen romano de estos restos, basándose en su apariencia y en la idea de la existencia de una vía romana que comunicaría los enclaves de Flaviobriga (Castro Urdiales) y Pisoraca (Herrera de Pisuerga).
Frente a esta teoría, arqueólogos y expertos en ingeniería romana, sostienen que tanto la calzada como los puentes ligados a ella, son obras de época posterior, del s. XVII ó XVIII, porque las características constructivas que evidencian no responden a los criterios ni a la forma de construir de los romanos –buena cimentación o dovelas de gran tamaño y con el característico almohadillado, en el caso de los puentes, y trazado rectilíneo o superposición de varias capas de piedra y mortero que conforman la caja de la calzada, en el caso de las vías de comunicación).
Lo que a todas luces resulta indiscutible, es la utilización de los ríos, ya desde la Prehistoria, como vías de penetración en los territorios. Este hecho, se halla perfectamente constatado en la localización que presenta el yacimiento calcolítico del Pantano de Ordunte.